6 Agosto 2006
Querido,
Como todos los años estarán comenzando las verbenas, allá, al norte de mi norte. Me imagino que ya habrán empapelado toda la ciudad con carteles, al fin y al cabo se tarda poco en cubrir las dos calles principales, y ya sabemos que las tiendas pequeñas lucen encantadas el pregón de fiestas y toda la cartelería del ayuntamiento.
Me lo imagino fácilmente: algo así como unas fiestas del pasado por las que yo vagabundeaba preguntándome cuándo estaría en otras mayores y más interesantes. Ya ves, qué cosas tiene el futuro: te trae aquí para volver atrás, para marearte por completo... Pero ese es otro tema, y no mezclemos, que luego ya sabemos que nos sienta mal.
Allá habrá unas fiestas con pañuelos y vomitonas en las esquinas, con vaquillas negras y música por las noches; aperitivos y obras de teatro para las señoras mayores; calor, cohetes, niños y ferias. Unas fiestas en las que yo te coloco cada año. Como un rito eterno, como un gesto, como un simple abrir la ventana, como preparar algo, como tirar cualquier cosa. Unas fechas y una postal para dibujarte, una foto con miradas y rostros desconocidos, con sonrisas y cansancio. La polaroid rápida de días lejanos.
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30 Julio 2006
Un hombre come conos de barquillo sin helado en el interior, allá, en el fondo. Está sentado en un banco, bajo la sombra vespertina de una ciudad de provincias. No levanta la mirada del suelo mientras caen leves migajas de algo dulce y crujiente. Acaba y cruza unos brazos anchos y fuertes. Acaba y la caja de cartón queda al lado, vacia del todo.
Una chica se deja caer sobre una cama cubierta de papel impreso. Ha cambiado la seda por la tinta y el noeón por las velas. Su amante, el más fuerte de todos, el estibador de Plovdiv, ha deshecho por completo una novela para no pasar frío esta noche.
No es tiempo de helados, ni de amor.
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5 Julio 2006
Sé lo que es querer, igual que el chico del portal al lado, siempre vestido de negro, siempre dispuesto a dejarse traspasar desde el pecho hasta la espalda por un rayo de luz de luna, siempre escondiendo las manos en la americana. Compartimos portal durante un par de años y no cruzamos ni una sola palabra porque él llegaba muy tarde a casa y yo salía muy temprano.
Sé lo que es querer: tú querías una enfermera y yo alguien que pagase mis impuestos, tú anhelabas cartas eternas y yo deseaba un telegrama directo para leer en la cama los sábados por la mañana. Eso sí, los dos sabíamos que hay un reloj detenido y otro enloquecido, dos agujas muertas y dos agujas que siguen un pobre látido.
Sé que casi siempre es así. Y como yo lo sabían los poetas, y como yo se encogían de hombros los borrachos musitando "no future" antes de que les pateasen en la última taberna de la ciudad.
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3 Junio 2006
Arrojó los zapatos al río una noche, a finales de mayo, tal vez. Daba miedo cuando su cabello comenzaba a dispersarse sin cautela, cuando mis hogueras diminutas comenzaban a arder de una sien a otra, cuando encendía cigarrillos como balas de humos y palabras. A mí me daba miedo, aunque sus amigos ya la conocían y miraban su belleza en fuego con la condescendencia con la que los abuelos observan como merma su bolsa de caramelos tras la visita de los nietos.
Aquella noche llevaba mi mochila llena de folios escritos con tinta violeta. Llevaba, también, un par de libros con las hojas bailando. Quizás una pluma, quizás un pañuelo palestino, quizás un pedazo de agenda con unos versos perdidos y líquidos para Berta.
Lo había recogido todo cuando Pedro me llamó para contarme que habían quedado con ella: estaba en la ciudad, era una noche de verano y les había asegurado que ella estaría a partir de las ocho en el bar de siempre.
Continuez peut-être à l'écrire...
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24 Mayo 2006
Cette couleur qu'elle haïr tant de petite...
Me resultaba un color absurdo: por su nombre y por su propia naturaleza. Primero porque no había visto una azafata en mi vida; segundo porque me parecía un color propio de señoras mayores con abrigo de entretiempo.
Y sin embargo...
Miras el cielo esta noche y adviertes un bello tono de azul azafata allá arriba. La seminoche, la noche que no es exactamente noche presagiando la más larga del año; la noche mediotarde, la noche más presta a las locuras.
Y piensas en la fuerza de esa noche color azul azafata que podría desatar un huracán para lanzar ventana abajo todos los folios con cuentas y palabras extranjeras. Una noche de color absurdo para llevarse lejos hasta los dolores detenidos, los amores lentos y el incipiente eterno otoño.
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20 Mayo 2006
En Noparís el calor es tan intenso que alguna tarde puedes llegar a sentir como el alma se escurre con la levedad de un helado de pistacho. Y con el alma el resto: el acero, la seda, las flores y la sensatez. Es una de las peores cosas de vivir en Noparís, un fenómeno al que los habitantes de ningún sitio no logramos acostumbrarnos nunca.
Y lo que es aun peor es que el bochorno noparisino nos hace últimamente preguntarnos pavadas como qué hacemos aquí, por qué vinimos aquí, la razón de que el autobús se parase justo en este lugar... Ese tipo de preguntas absurdas que tienen como respuesta el precio de un billete o la casualidad de un teléfono.
Entretanto a los inestables no-Noparís sólo nos queda intentar mantener algo de ropa blanca, pertrecharse de papel y recordar, con especial fruición, la ligereza de unas manos entre una falda.
Y reconocer que únicamente en Noparís se puede escribir algo como esto.
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8 Mayo 2006

Había pensado en construir el hotel para los músicos con jeringuilla, y después el hotel de los escritores y el mezcal, y también el de los pintores y el vino. El proyecto estaba estudiado hasta el último detalle: en el hotel de los músicos habría habitaciones en penumbra para dormitar entre concierto y concierto, espacio para maletas de cuero, espejos y bandejas de plata servidas por ninfas de larga cabellera rubia. Para el de los escritores había ideado un cálido ambiente tropical, a medio caballo entre las puertas celestes de Coyoacán y los tugurios más infectos. Y en de los pintores inmensos echarpes y sofás de cuero. Ah, sí, la decoración a la medida de los sueños más oscuros...
En la planta de sombras ilustres vagaban las gafas negras de Lou, la melena azul de NV, muchos pasos roncos; el puñetazo del cónsul Lowry, la mirada triste de los que han abandonado la bebida, las pesadillas de los conjurados por la musa asesina; y, en el pasillo de los pintores estaban los mejores musitando música y libros para no hablar nunca, nunca jamás, de esa materia prima tan huidiza que mancha los lienzos.
Lo tenía todo bien pensado. Pero falló la libertad, es decir, no llegó el dinero, y terminó regentando un pequeño hotelito, con japoneses y ancianitas, en el viejo París.
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8 Abril 2006
Tu voz es muy bella porque suena a músico experimentado, a recitador de frases locas a las cinco de la madrugada, a ginebra de lujo y a padre. Con esa voz, que suena en mi habitación como un par de cd's incansables, me dijiste un día que te alegrabas de ver cómo estaba despegando. "Por fin, niña", dejabas caer con tu suavidad de seductor procedente de paraísos de pastillas azules. Supongo que sonreí aquel crepúsculo cuando dejé tu casa con el paso sereno de la alumna que ha recogido su sobresaliente.
Pero no me avisaste (y yo siempre he caído tumbada bajo tus palabras, y por eso me parece que te odio un poco) de que se despega con todo el equipaje, con la bodega cargada de las bolsas, los paquetes, sacos, valijas, cajas... No me amparaste ante la realidad de que despegar, a veces, es la manera más directa de aterrizar allá a lo alto.

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