BUSCANDO LA NIEBLA EN VERANO
Aquel verano fue eterno: cuatro meses, luego cinco, con la sensación de vivir en una sucia cárcel tropical, con el sentimiento de haber perdido muchas referencias del pasado, los abrigos de entretiempo, las mantas, los pañuelos y la ilusión de las nuevas estaciones.
En aquel verano, sin un puto duro y con la mente llena de ganas de pensar para huir cuanto antes de las casas vacías, de los vagones y de los despachos, encontró una cita que le hizo considerar el poder de los regalos secretos, la fuerza de los obsequios desconocidos, esos que ni siquiera conoce quien los dejó en manos del agasajado. Hubo uno maravilloso. Era una cita y era breve:
¿Es la niebla una invitación amigable a permanecer donde estamos, a no ir más allá, a ese là-bas de la imaginación donde tiemblan como llamaradas la tentación y el peligro, la satisfacción y la decepción, la vida y la muerte?
La copió con cuidado y la ocultó bajo un reloj. Todavía espera que la haya encontrado…
