BERTA GAFAS NEGRAS
Arrojó los zapatos al río una noche, a finales de mayo, tal vez. Daba miedo cuando su cabello comenzaba a dispersarse sin cautela, cuando mis hogueras diminutas comenzaban a arder de una sien a otra, cuando encendía cigarrillos como balas de humos y palabras. A mí me daba miedo, aunque sus amigos ya la conocían y miraban su belleza en fuego con la condescendencia con la que los abuelos observan como merma su bolsa de caramelos tras la visita de los nietos.
Aquella noche llevaba mi mochila llena de folios escritos con tinta violeta. Llevaba, también, un par de libros con las hojas bailando. Quizás una pluma, quizás un pañuelo palestino, quizás un pedazo de agenda con unos versos perdidos y líquidos para Berta.
Lo había recogido todo cuando Pedro me llamó para contarme que habían quedado con ella: estaba en la ciudad, era una noche de verano y les había asegurado que ella estaría a partir de las ocho en el bar de siempre.
Continuez peut-être à l'écrire...
