NOPARÍS
En Noparís el calor es tan intenso que alguna tarde puedes llegar a sentir como el alma se escurre con la levedad de un helado de pistacho. Y con el alma el resto: el acero, la seda, las flores y la sensatez. Es una de las peores cosas de vivir en Noparís, un fenómeno al que los habitantes de ningún sitio no logramos acostumbrarnos nunca.
Y lo que es aun peor es que el bochorno noparisino nos hace últimamente preguntarnos pavadas como qué hacemos aquí, por qué vinimos aquí, la razón de que el autobús se parase justo en este lugar... Ese tipo de preguntas absurdas que tienen como respuesta el precio de un billete o la casualidad de un teléfono.
Entretanto a los inestables no-Noparís sólo nos queda intentar mantener algo de ropa blanca, pertrecharse de papel y recordar, con especial fruición, la ligereza de unas manos entre una falda.
Y reconocer que únicamente en Noparís se puede escribir algo como esto.
