BRAZOS

(Obra pictórica de Jorge Vidal)
Como cada noche de esta semana he vuelto a soñar con un hombre de interminables brazos, un hombre que deja su chaqueta de cuero negro sobre la cama y deja que sus brazos crezcan. Se vuelven interminables, ligeros como el alambre, infinitos como los amores desgraciados. Y con esos brazos kilométricos pasamos toda la noche intercambiando abrazos: abrazos de marinero, abrazos de borracho nocturno famoso, abrazos breves, abrazos después de mucho tiempo, abrazos apresurados, abrazos suaves y abrazos que machacan los pulmones tras toneladas de humo.
Como cada noche de esta semana me he despertado sintiendo la cama como una nave vacia, como un desierto desolado, como un sucio bar de carretera. He hecho mentalmente un listado de las posibilidades de que ese hombre fuese real en algún resquicio de la vida, y aún suelo sacar algo de tiempo para rememorar los amables brazos del súper héroe de mis sueños más ocultos. Y luego me he lanzado a los vagones, a los puentes, a los grandes edificios. Por momentos he tenido la sensación de que me faltaban mis dos bracitos.
