CARTA CON DESTINATARIO SIN DESTINO

Ha pasado un año y no me puedo creer que esté escribiéndote sin dirección, que tu número de teléfono permanezca silencioso en la agenda, que esta burla cruel de tu desaparición no tenga fin y siga pareciéndose tanto a la sonrisa desdentada de un diablo absurdo.
En este año han pasado cosas, claro, siempre pasan cosas, aunque al final, a la postre, podríamos decir, no pasa nada. A veces tengo la impresión de que todo lo importante ya sucedió y lo que suceda a partir de cierto momento ya no es importante, simplemente será gris y trágico. Pese a todo, quería decirte que este año han pasado cosas: ha habido viajes, pequeñas glorias y momentos oscuros; unas cuantas líneas, varias sonrisas, días de sol, libros; el niño suizo ha aprendido a andar y la niña de ojos azules ha comenzado a querer aprender a leer; mi alma, o lo que sea, subió a las pirámides de las que tanto me habías hablado, pero ya no conseguí preguntarte por el lugar exacto de las librerías de viejos.
Ha pasado un año y he conseguido brindar con la añoranza, esquivar la nostalgia de las personas, pasear sola con más ahínco, inventar las conversaciones, oír el teléfono que no sonará, leer los correos electrónicos que nunca llegarán, imaginar artículos y reseñas sobre literatura argentina. En realidad, seamos sinceros, sólo aprendemos a lidiar con las carencias, a olvidar a ratos y a conservar bien los recuerdos. No somos nadie: ni tú eres ya el chico lector del barrio aquel ni yo ya la joven ingenua que acompañaba al malvado de tu maestro. Ni siquiera somos ya amigos eternos, y todo porque se te ocurrio dormir una noche y no despertar a la mañana siguiente.
