SUEÑOS ROTOS (O HUIR O LEER A CHEEVER)

Ella era una chica normal, con la justa dosis de chica de ocaso y con la justa medida de normalidad intermitente. Un buen día apareció por una urbanización residencial: alguna tarde hubo champagne, algún día hubo algo de literatura y los girasoles destilaban letras de imprenta. Caminaba por las calles fantasmas y se imaginaba que en el interior de esos millones de euros construídos sobre tierra movediza debían de existir numerosas historias de todo tipo. Y sueños, claro, tantos sueños como los suyos propios: sueños de criadas de acento dulce, sueños de ejecutivas ambiciosas, sueños de directores que beben amargura, sueños de antiguos combatientes y de dolorosos hilos de años...
Hasta que entendió que de allí sólo se sale de dos maneras: o leyendo constantemente a Cheever, para saber lo que hay detrás de los jardines y las piscinas o huyendo sin más y no parándose a recoger sueños rotos, ese amasijo de vidrios que tintinean como copas dejadas caer en la madrugada. No hay que recuperar las maletas, sólo respirar hondo y pensar que lo que se ha perdido ya no se recupera. Así que echo a andar: se fue del paraíso roto con algún sueño roto y un libro bajo el brazo.
N.A.: Ahora tengo muchos libros bajo el brazo, por eso ha estado más de un mes cerrada la moleskine acogedora y sepia de una chica de París que un día pensó entre café y café que podría escribir un blog. Seguimos...

stefany dijo
hola oye no me has respondido respondeme por favorb yaa:
6 Diciembre 2005 | 09:30 PM