UNA NOCHE CON AXEL VANDER Y CASS
Anoche me dieron las tantas pasando las páginas de Vander, Cass, Bartoli y Kristina. Y esta noche tengo la sensación de que no sé qué hacer sin la niña que quiere ir a América, el anciano cojo, la barbita temblorosa de italiano de Franco, las palabras que amenazan, azotan, zozobran y acarician de John Banville (tan magistralmente traducidas, mi agradecimiento a Damián Alou).
Entonces, ¿ahora qué? ¿Dónde están los vestidos ligeros, sucios y pasados de moda de Cass Cleave? ¿Y el verdadero y avergonzado discurso de amor de alguien que un día decidió ser Axel Vander? ¿Y la bruma de la vida haciéndose jirones línea a línea, página tras página? ¿A dónde van las historias cuando terminamos de leerlas?
Sigo con el libro a mi lado, como si tener el papel al lado fuera una manera silenciosa de continuar leyéndole, otra forma de releer. Vuelvo a ojearle, a repasar lo subrayado, las oscuras palabras que tengo que recordar. Y para continuar bebiendo literatura pura como absenta, sólo se me ocurre viajar al sucio Torino del viejo profesor y su amante loca. Es decir, huir a ese Turín que se alarga lentamente, extensamente, a través de la novela, tanto que termina resultando una vieja ciudad conocida, aunque no hayas estado allí nunca.
Esta noche de agosto otoñal resuenan los pasos de Vander y Cass por calles y pasillos de hoteles (ah! de hoteles, no podía ser de otra manera...).
