Escucho el breve recital de Maria de Medeiros, Ute Lemper, Fanny Ardant y Miranda Richardson, en "Drama Box", de Mísia, y pienso con cuánto ahinco hemos estudiado idiomas y hemos viajado lo antes posible, cuántos descubrimos nuestras raíces en el norte después de ser seducidos, cansados y espantados por el sur, cuántos nos emocionamos con Manoel de Oliveira y "Un filme falado" y cuántos tememos que este mundo terminará como una noche de cafés, demasiado pronto y de la manera más absurda que podamos imaginar, como el mundo de Stefan Zweig, como la gauche divine y como algunas bellas costumbres que se empeñaban en respetar la elegancia, la razón, la educación y algunas otras ansiedades.
Después se puede escuchar a Jacques Brel, por ejemplo, y soñar con un sofá adornado con Moët & Chandon; después se puede volver a desear que este querido mundo tenga todo el futuro posible.
Me pregunto si nos quema igual esa lágrima que brota de las plantas de los pies, como decía Lorca, que la lágrima que nace de la emoción. No sé lo que dirán los científicos, pero yo al menos sé que a pesar del ocaso de este mundo, de que nada nos cabe esperar ya de él, esta última al menos nos sirve para seguir creyendo en él. Como cuando esa lágrima proviene de la seducción de una voz portuguesa y el sabor de anchoas con queso. Entonces todavía es posible...todo.