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La Coctelera

chicadeparis

Categoría: LES LIVRES

11 Agosto 2006

BARES Y CITAS

Lucy, con ese nombre de diamante roto, está como siempre en el bar, medio a oscuras y con aire de cansancio. Es la camarera más fiel del viejo profesor y del banquero arruinado y del pintor con voz de aguardiente eterno y de sus amigas las cajeras y de las novias de amigos de la infancia que trabajan en gigantescos polígonos a las afueras de la ciudad...
Esta noche Lucy lleva los labios rojos y el pelo recogido. Sobre la barra hay un libro y en la página 54 ha subrayado con su pilot violeta:

vuelves a no saberte la lección -con todos los matices olvidados de aquellas congojas escolares.

Y llora cuando aparece el chino florista y se sorprende deseando una flor, una dádiva.

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3 Junio 2006

BERTA GAFAS NEGRAS

Arrojó los zapatos al río una noche, a finales de mayo, tal vez. Daba miedo cuando su cabello comenzaba a dispersarse sin cautela, cuando mis hogueras diminutas comenzaban a arder de una sien a otra, cuando encendía cigarrillos como balas de humos y palabras. A mí me daba miedo, aunque sus amigos ya la conocían y miraban su belleza en fuego con la condescendencia con la que los abuelos observan como merma su bolsa de caramelos tras la visita de los nietos.
Aquella noche llevaba mi mochila llena de folios escritos con tinta violeta. Llevaba, también, un par de libros con las hojas bailando. Quizás una pluma, quizás un pañuelo palestino, quizás un pedazo de agenda con unos versos perdidos y líquidos para Berta.
Lo había recogido todo cuando Pedro me llamó para contarme que habían quedado con ella: estaba en la ciudad, era una noche de verano y les había asegurado que ella estaría a partir de las ocho en el bar de siempre.

Continuez peut-être à l'écrire...

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6 Diciembre 2005

SUEÑOS ROTOS (O HUIR O LEER A CHEEVER)


Ella era una chica normal, con la justa dosis de chica de ocaso y con la justa medida de normalidad intermitente. Un buen día apareció por una urbanización residencial: alguna tarde hubo champagne, algún día hubo algo de literatura y los girasoles destilaban letras de imprenta. Caminaba por las calles fantasmas y se imaginaba que en el interior de esos millones de euros construídos sobre tierra movediza debían de existir numerosas historias de todo tipo. Y sueños, claro, tantos sueños como los suyos propios: sueños de criadas de acento dulce, sueños de ejecutivas ambiciosas, sueños de directores que beben amargura, sueños de antiguos combatientes y de dolorosos hilos de años...

Hasta que entendió que de allí sólo se sale de dos maneras: o leyendo constantemente a Cheever, para saber lo que hay detrás de los jardines y las piscinas o huyendo sin más y no parándose a recoger sueños rotos, ese amasijo de vidrios que tintinean como copas dejadas caer en la madrugada. No hay que recuperar las maletas, sólo respirar hondo y pensar que lo que se ha perdido ya no se recupera. Así que echo a andar: se fue del paraíso roto con algún sueño roto y un libro bajo el brazo.

N.A.: Ahora tengo muchos libros bajo el brazo, por eso ha estado más de un mes cerrada la moleskine acogedora y sepia de una chica de París que un día pensó entre café y café que podría escribir un blog. Seguimos...

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24 Octubre 2005

LIBROS INTERIORES

En Memoria de elefante el gran António Lobo Antunes, grande incluso en la primera novela, genial incluso allá cuando se terminaban los setenta y los demás ni siquiera comprábamos todavía cigarrillos sueltos y furtivos, en la detallada y estremecedora crónica de un psiquiatra al borde del abismo, allí Lobo Antunes habla de un libro, El sentimiento de un occidental de Césario Verde, que era la ropa interior, "calzoncillos de alejandrinos nunca quitados", del protagonista.

Veamos...

Hubo unas braguitas rosadas de Malcom Lowry y varias de Rubem Fonseca; también un sujetador llamado Diana o la cazadora solitaria de Carlos Fuentes. Este verano mi ropa interior era John Banville e Imposturas, y hace unos meses, en la jungla mexicana, usaba El testigo de Juan Villoro.

Entre la ropa interior inolvidable e imprescindible están todas las obras de Roberto Bolaño, todas las obras de Carlos Castán y todas las de Juan Marsé (incluidos algunos perdones). Luego hay muchas otras de temporada: encariñamientos fugaces o breves historias de roce con la piel. También hay encaje de usar y guardar, piezas de lencería que terminan en los cajones, construyendo tesoros secretos.

Sigamos pensando...

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14 Septiembre 2005

UNA CAMARERA LEYENDO...

Si pudiera dejar de ser la inerte, quieta y rota chica de París que arroja muy lejos los zapatos de tacón para ampararse en las persianas echadas frente al incipiente frío del otoño, en fin, si pudiera, si tuviera un par de pistolas bien apuntadas en dirección a la vida, entonces, me haría camarera de un bar lejano de algún lugar perdido, por ejemplo, en Beaumont, nombre de pueblo casi universal. Y esta noche estaría sentada en la barra, apoyada contra un rincón, mordiéndome los labios, diluyendo el carmín entre el vaso de agua y la taza del último café. Abriría un libro, leería en voz alta, serviría un par de cervezas y volvería a leer hasta la hora de montar en una furgoneta roja.

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2 Agosto 2005

UNA NOCHE CON AXEL VANDER Y CASS

Anoche me dieron las tantas pasando las páginas de Vander, Cass, Bartoli y Kristina. Y esta noche tengo la sensación de que no sé qué hacer sin la niña que quiere ir a América, el anciano cojo, la barbita temblorosa de italiano de Franco, las palabras que amenazan, azotan, zozobran y acarician de John Banville (tan magistralmente traducidas, mi agradecimiento a Damián Alou).

Entonces, ¿ahora qué? ¿Dónde están los vestidos ligeros, sucios y pasados de moda de Cass Cleave? ¿Y el verdadero y avergonzado discurso de amor de alguien que un día decidió ser Axel Vander? ¿Y la bruma de la vida haciéndose jirones línea a línea, página tras página? ¿A dónde van las historias cuando terminamos de leerlas?

Sigo con el libro a mi lado, como si tener el papel al lado fuera una manera silenciosa de continuar leyéndole, otra forma de releer. Vuelvo a ojearle, a repasar lo subrayado, las oscuras palabras que tengo que recordar. Y para continuar bebiendo literatura pura como absenta, sólo se me ocurre viajar al sucio Torino del viejo profesor y su amante loca. Es decir, huir a ese Turín que se alarga lentamente, extensamente, a través de la novela, tanto que termina resultando una vieja ciudad conocida, aunque no hayas estado allí nunca.

Esta noche de agosto otoñal resuenan los pasos de Vander y Cass por calles y pasillos de hoteles (ah! de hoteles, no podía ser de otra manera...).

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26 Julio 2005

LOS DIVINOS DETALLES (II)

Es imprescindible que el cenicero esté en su sitio y que en el metro se pueda ver, por ejemplo, a un hombre leyendo con calma una revista del corazón. Y también a un adolescente sentado, solo y nervioso, en las escaleras de una boca. Es imprescindible mirar y no dar nada por visto y conocido. Asombrarse sin fin (como siempre buscando lo no visto, siempre asustándose, siempre), buscar sorprendentes lazos que anuden un ramo absurdo, tocar el piano con una botella al lado y caer en la cuenta de que en un mismo vagón viaja un famosísimo historiador y una mujer que regresa a casa con una bolsa de magdalenas.

Pero... Es el calor. Es este ralenti que sume a la ciudad y a los habitantes en una especie de traca de efectos retardados. Todos nos miramos con gesto de lástima, con ojeras grises y deseos de estar en cualquier lugar que no sea el lugar en el que estamos. Son los detalles del verano, y no son divinos, precisamente.

Para contrarrestar aquí va este hotel en el que me perdería, sin mala conciencia, buceando habitación por habitación, pasillo por pasillo, fumando y recolectando detalles desde recepción.

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30 Junio 2005

LOS DIVINOS DETALLES (I)

Vladimir Nabokov, alto y fuerte, ruso y norteamericano, incisivo y tierno, enorme, mordaz y leve como una mariposa, pega un puñetazo sobre la mesa en el aula de una universidad del Medio Oeste, y brama: "¡Los detalles! ¡Los divinos detalles!".

Desde la distancia, desde esta tierra ajena a las rusos blancos, le he agradecido mucho a Nabokov ese golpe, ese golpe sobre la mesa, esa forma de llamar idiotas a algunos y de subir un escalón. A los que nos quedamos prendidos de los detalles esa frase enérgica nos inyecta un gramo directo de confianza.

Y por cierto, para los amantes de los detalles: no se pierdan éste.

Es uno de los más bonitos que se han encontrado desde este pupitre.

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chicadeparis

Madrid, España
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Pensando que en París todo es siempre mucho más interesante y luminoso, que la lluvia allí es más hermosa y los cafés están permanente llenos de chicas que garabatean en sus moleskines... Considerando que encontrar una postal hermosa es a veces demasiado complicado y terminamos recordando a las que llegan sin un sello... Teniendo en cuenta todos estos puntos y algún otro, me he convertido en una chica de París que cuenta historias breves y diversas, de cristal y humo, de collar de perlas y peinado a lo garçon, por ejemplo.

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