Categoría: LES AUTRES
19 Septiembre 2006
...O de por qué me gustan las películas donde la gente habla un cuarto de hora sentados en la barra de un bar, cheri.
Algunas mañanas me tomo un café con ellas. Llevan horquillas, perlitas, raso deslucido y grandes bolsas de plástico. Anoto en mi cuaderno negro su parecido a las chicas francesas de "Vivre sa vie", su belleza imperturbable, esa luz de luna apagada o de mar báltico, su ligereza encendiendo cigarrillos, el sol de las últimas vacaciones despidiéndose, el nuevo CD comprado en el metro, la revista del quiosco, todas esas cosas.
Dejando de lado idiomas, momentos, olas que vienen y van, pasados y nuevas batallas, hay algo en las chicas del bar del metro que podría estar en una película. Una realeza cotidiana, una forma de hablar lenta sobre todo y nada, un deseo y una piel hermosa que son dignas de observarse con calma. Como las películas de Godard en que las princesas se mueren en las aceras de los barrios más feos de París.
servido por Marta
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30 Julio 2006
Un hombre come conos de barquillo sin helado en el interior, allá, en el fondo. Está sentado en un banco, bajo la sombra vespertina de una ciudad de provincias. No levanta la mirada del suelo mientras caen leves migajas de algo dulce y crujiente. Acaba y cruza unos brazos anchos y fuertes. Acaba y la caja de cartón queda al lado, vacia del todo.
Una chica se deja caer sobre una cama cubierta de papel impreso. Ha cambiado la seda por la tinta y el noeón por las velas. Su amante, el más fuerte de todos, el estibador de Plovdiv, ha deshecho por completo una novela para no pasar frío esta noche.
No es tiempo de helados, ni de amor.
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8 Abril 2006
Tu voz es muy bella porque suena a músico experimentado, a recitador de frases locas a las cinco de la madrugada, a ginebra de lujo y a padre. Con esa voz, que suena en mi habitación como un par de cd's incansables, me dijiste un día que te alegrabas de ver cómo estaba despegando. "Por fin, niña", dejabas caer con tu suavidad de seductor procedente de paraísos de pastillas azules. Supongo que sonreí aquel crepúsculo cuando dejé tu casa con el paso sereno de la alumna que ha recogido su sobresaliente.
Pero no me avisaste (y yo siempre he caído tumbada bajo tus palabras, y por eso me parece que te odio un poco) de que se despega con todo el equipaje, con la bodega cargada de las bolsas, los paquetes, sacos, valijas, cajas... No me amparaste ante la realidad de que despegar, a veces, es la manera más directa de aterrizar allá a lo alto.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
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26 Febrero 2006

La nieve deja la extraña consecuencia de volver mi mente blanca, vacía, desmayada a instantes, como cuando caía redonda por las escaleras de tu casa y tú me arropabas con una vieja cazadora de cuero. La nieve me recuerda todo y nada: las historias y el final, la soledad y los trenes, los jóvenes días de frío y las noches tibias del presente.
El efecto nieve recubre los argumentos con un manto de espuma líquida por el que flota tu cuerpo de maestro incrédulo y otros tantos naúfragos. El dichoso efecto nieve provoca encogerse en un sarape mientras el lejano efecto sol rompe tirantes y viste faldas de gasa.
Pero esta tarde el efecto nieve me ha dejado detenida en algún punto impreciso de la meseta, con medio cuerpo colgando de una cama inmensa y una gatita de color blanco en una esquina. Al lado había una taza de loza y una copa de vino, unas gafas y unos cuantos libros. El mundo, o lo que pensábamos que era el mundo, quedó ahí, inmóvil en las once de la mañana de un día cualquiera... O en el mentiroso recuerdo de una tarde nevada.
¿Me entiendes? ¡Bah! Es el efecto de la nieve.
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4 Febrero 2006

Me contó una noche (sólo recuerdo que era de noche y que estábamos en un bar con el abrigo negro tirado en un banco de plástico negro) que cuando quería llorar y no encontraba un porqué convincente se iba a una tienda de chinos a pasar un rato observando los objetos amontonados en baldas de plástico.
"Y, ¿sabes?, veo esos juguetes baratos, ese paraíso de plástico que para los niños son tesoros, como para mí los paraísos de papel. Los miro y sé que voy a comenzar a llorar de un momento a otro porque son feos y a la vez son hermosos, porque son dos cosas al mismo tiempo: un horror de mal gusto y aristas de máquinas perdidas en el mundo que recortan mal los remates y ese objeto codiciado por dos ojitos nuevos y sin velos de humos y luz artificial. Porque esos colores chillones envueltos en poliuretano son el cofre del pirata y el estuche de maquillaje que encierran una clave vital. Y lloro porque el mundo me parece muy incomprensible y muy extraño. Y pienso que la desilusión es algo así como descubrir que hay juguetes que cuestan dos euros y que en el fondo son tan hermosos como los que cuestan dos mil."
servido por Marta
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15 Enero 2006

Ha pasado un año y no me puedo creer que esté escribiéndote sin dirección, que tu número de teléfono permanezca silencioso en la agenda, que esta burla cruel de tu desaparición no tenga fin y siga pareciéndose tanto a la sonrisa desdentada de un diablo absurdo.
En este año han pasado cosas, claro, siempre pasan cosas, aunque al final, a la postre, podríamos decir, no pasa nada. A veces tengo la impresión de que todo lo importante ya sucedió y lo que suceda a partir de cierto momento ya no es importante, simplemente será gris y trágico. Pese a todo, quería decirte que este año han pasado cosas: ha habido viajes, pequeñas glorias y momentos oscuros; unas cuantas líneas, varias sonrisas, días de sol, libros; el niño suizo ha aprendido a andar y la niña de ojos azules ha comenzado a querer aprender a leer; mi alma, o lo que sea, subió a las pirámides de las que tanto me habías hablado, pero ya no conseguí preguntarte por el lugar exacto de las librerías de viejos.
Ha pasado un año y he conseguido brindar con la añoranza, esquivar la nostalgia de las personas, pasear sola con más ahínco, inventar las conversaciones, oír el teléfono que no sonará, leer los correos electrónicos que nunca llegarán, imaginar artículos y reseñas sobre literatura argentina. En realidad, seamos sinceros, sólo aprendemos a lidiar con las carencias, a olvidar a ratos y a conservar bien los recuerdos. No somos nadie: ni tú eres ya el chico lector del barrio aquel ni yo ya la joven ingenua que acompañaba al malvado de tu maestro. Ni siquiera somos ya amigos eternos, y todo porque se te ocurrio dormir una noche y no despertar a la mañana siguiente.
servido por Marta
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17 Diciembre 2005

Mi padre siempre intentó que le gustara la navidad. Yo lo sabía, sabía que el espumillón le resultaba tan insulso como una crema de calabacín, y las comidas familiares tan insoportables como los pies mojados. Pero él se empeñaba para que no se notara e incluso para creer él mismo que aquellos días maravillosos. Incluso se alegraba cuando volvía a casa de trabajar y descubría una cesta con botes de melocotón o un pobre corderito sin piel durmiendo su frío eterno en la terraza. Y sonreía si las niñas cantábamos un villancico. Y se avergonzaba de abrir los regalos de reyes que él no había comprado. Y se sentía feliz con entre el latón endeble de las bolas rojas y el tintineo de las copitas labradas.
Ayer, entre la helada fugaz del atardecer del domingo con las tiendas abiertas, un hombre mayor se empeñaba en tocar intemporales músicas navideñas frente a un escaparate. Otro hombre joven lloraba junto a una maleta y yo andaba con la seguridad de que el mejor sitio para huir de las navidades es encerrarse en la casa de uno mismo, apagar las luces pronto, encogerse de hombros. Como mi padre estoy segura de que no me gustan estos días, no me los creo, me parecen un sueño demasiado planeado. Como mi padre sonreiré cuando un par de niños coloquen las figuritas del belén, como mi padre hablaré poco y sonreiré de una forma tremendamente educada. Y solitaria.
servido por Marta
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8 Diciembre 2005

En los cajones de la cómoda de Ms Marino había muchas fotos, recortes de periódico ajados, papeles con imágenes borrosas. En una carpeta encontramos un montón de viejas fotografías cubiertas de motas blancas y secas, como si sobre ellas se hubiera llorado sal pura, como si alguien las hubiera llevado a la playa, como si hubieran permanecido en una despensa o en la barra de un bar mucho, muchísimo tiempo.
Las revisé con calma. Casi todas eran fotos de niños, niños feos, niños con gafas, niños aburridos, niños en pijama dos tallas mayores, niños con pantalones vaqueros grandes, niños ensimismados, niños sonrientes hacia la nada, niños acompañados por grandes perros. Pensé que podría haber sido una pequeña cárcel de niños perdidos, o una colección de niños juguetes rotos, niños pequeños alojados en la nada. Y pensé, también, qué habría latido en la mente de Ms Marino para coleccionar todo aquel material y para haberle regado con las micheladas del verano y la sangre fría del invierno. Pensé en su pobre empeño en salir cada día al caer la tarde, en sus estanterías abarrotadas y en los cuadernos con que alfombraba el suelo escaso de su pequeño apartamento. Qué miedo da la vida, terminé pensando.
servido por Marta
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